miércoles, 3 de abril de 2013

“El mundo necesita ensayistas”, nos dice Rafael Toriz

Rafael Toriz es veracruzano, pero vive en Buenos Aires. Nació en Xalapa, en 1983, y además de ser autor de Animalia (2008), Metaficciones (2009) y Del furor y el desconsuelo (2012) ha sido becario, en el área de ensayo, de la Fundación para las Letras Mexicanas.  Estudió en la Facultad de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad Veracruzana y ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes (2004) y el Nacional de Ensayo Alfonso Reyes (2012).

El viernes 5 de abril estará en Noctámbulos presentando su nuevo libro, Serenata (Conaculta, IVEC, Gobierno de Veracruz), una obra que dialoga con Pessoa, con Walter Benjamin, mediante fragmentos que rayan en el aforismo y resultan latigazos a la conciencia del lector. Toriz, más allá de la biografía, nos ha respondido algunas preguntas:


-Se ha dicho que Serenata glosa la obra de Pessoa, pero además contiene una buena cantidad de referencias a otras obras, ¿cuáles serían, a tu juicio, los pensadores que marcan una directriz en los temas que explora tu libro?

-En efecto, Serenata –al margen de ser una lectura alucinada de algunos heterónimos de Fernando Pessoa –y particularmente del Libro del desasosiego- dialoga también con Walter Benjamin, Nietzsche y con Maurice Blanchot. Creo que el texto se inscribe en cierta tradición melancólica que, al final, como recomienda Agamben, se solaza en el carnaval, el desmadre y la alegría.

-En el apartado “Danzar la prosa” sostienes que el ensayo es conversación y diálogo, algo efímero. ¿Qué opinas del diálogo que en ese sentido puede generarse en las redes, crees que sea una posibilidad complementaria al trabajo del ensayista?

-Absolutamente. Para bien y para mal, este libro es una bisagra. Cuando empecé a escribirlo, hace unos seis años, aún no era común el uso de redes sociales, y si bien Internet era ya una realidad palmaria, las posibilidades conversacionales no habían alcanzado el desarrollo de hoy, en que las poéticas del hipervínculo y las retóricas del hipertexto son ya una realidad. Este libro, testimonio analógico, deseaba devenir pantalla, una ejecución del proyecto del libro total pensado por Mallarmé. Creo que este libro se encontrará perfectamente en su elemento cuando se publique la edición virtual, cosa que espero hacer muy pronto.

-¿Cuál es tu opinión acerca de la situación actual del ensayo en México?

-Creo que el ensayo, como buena parte de la literatura actual mexicana, pasa por un buen momento. Hay buenas propuestas y algunos temperamentos muy sólidos que coquetean más con el humor y la cultura popular, temas que me apasionan. Algo que deploro profundamente –además de los pleitos aldeanos en el gremio que sin embargo no dejan de ser morbosos y divertidos- es que se piense y se ejerza al ensayo como un fenómeno estrcitamente literario. Muchos de los mejores prosistas contemporáneos se encuentran anclados en la literatura, cuando otros campos del conocimiento –música, antropología, ciencia, política, filosofía, socología, medicina y ese maremagnum que agrupanos bajo el rubro de “cultura popular”- reclaman intérpretes osados y originales par dar cuenta de la realidad desde ángulos fascinantes.
”Además, si pensamos al ensayo como una herramienta que puede dar cuenta práticamente de cualquier circunstancia –como hacen los ingleses, los estadounidenses y, a veces, los alemanes– abrimos también sus capacidades de inserción laboral. El mundo necesita ensayistas, no sólo especialistas en literatura.”


-Con respecto a tu estancia en Buenos Aires, ¿podrías mencionar las diferencias (y/o coincidencias) que más te llaman la atención entre el ámbito literario argentino y el mexicano?

-Un análisis profundo de la literatura argentina, al menos desde la perspectiva de un mexicano, exigiría una revisión de la historia del país y de la construcción de su estado.
”En México resulta imposible intentar aprehender cualquier aspecto de la realidad nacional sin un análisis del estado mexicano en el siglo XX, esa maquinaria kafkiana emergida de la Revolución que, a semejanza de la Matrix, pareciera comportar un orden eterno y metafísico inmutable pese a las vicisitudes de la alternancia política, la insatisfacción generalizada y la miseria de millones de gobernados. Y aludo al estado porque la primera diferencia que salta a la vista es su ausencia en la promoción de las artes. En Argentina, como en toda América Latina, su presencia es mínima. No existe un sistema de becas como en México ni tampoco una nutrida oferta de premios literarios que permitan a escritores en ciernes y consagrados vivir de su trabajo literario[1]. Los escritores que he conocido, algunos de sólida trayectoria y talento notable, ineluctablemente viven de otra cosa, puesto que su actividad profesional, como en México, tiene escasa salida comercial y bien sabemos la fortuna no está esperando por los dedicados a la escritura de libros.
”Otro detalle funesto que complica el desarrollo literario es la centralización que vive la república Argentina. Acá, fuera de Buenos Aires, todo es la pampa. No todas las provincias cuentan con universidades ni con centros de cultura (he visitado algunos durante viajes por el interior del país y suele campear un paupérrimo desarrollo municipal). Al país le falta infraestructura, visión y si me apuran hasta gente. A diferencia de México, donde es posible para los escritores no internacionales coquetear y labrarse una carrera en el mercado interprovincial, acá fuera de Rosario, Córdoba y Mar del Plata –siendo absolutamente generosos– no pasa nada. Hace más de 70 años Ezequiel Martínez Estrada escribió La cabeza de Goliath para referirse a la hidrocefalia que caracteriza a Buenos Aires y puede asegurarse, pulgas más pulgas menos, que la situación sigue en las mismas. La reina del Plata, más que capital de la Argentina, se ostenta jubilosa como la capital de la República Autónoma de Buenos Aires.
”Este aspecto marca una de las diferencias más tajantes. Aquí no existe una burocratización de la vida literaria ni las carreras se encuentran definidas por la lectura y simpatía de los colegas, como sucede en México. Por una parte, esta característica potencia una aguda sensación de orfandad pero, por otra, posibilita una literatura fresca y desparpajada, incisiva e insolente. En Buenos Aires es posible toparse con muy distintos registros de escritura, a veces buena y otras mala; pero lo que no se ve por estos rumbos, salvo escasas excepciones, son escritores funcionarios. La visión de la cultura como algo menos institucional y partidista ha sido para mí un gran descubrimiento toda vez que, a semejanza del pez inconsciente de su vida en el agua, ignoraba la posibilidad de una carrera literaria a espaldas del estado.
”Por lo demás, algo que no es bien entendido en ambientes sureños, es la complicada dialéctica de extender la mano y patear el pesebre, ese deporte instaurado por el PRI que llevan en las letras el designio de su nombre: en México todos somos poetas revolucionarios pero también institucionales.
”No dejan de asombrarme las pataletas de ciertos autores argentinos que desdeñan los apoyos del Estado por considerar que nada que valga la pena puede estar subsidiado, cuando lo que en verdad se ignora es que a las autoridades más bien les importa un pepino lo que se hace con el resultado de esos apoyos, que suelen funcionar como políticas culturales incompletas, no siempre pero si continuamente. De lo que si estoy convencido es que el mejor apoyo que puede recibir un artista de talento en países como los nuestros es dinero. Los casos mexicanos notables al respecto son numerosos (Pedro Páramo, El arco y la lira y Farabeuf fueron escritos con el apoyo de becas, por ejemplo). Los casos argentinos de Oliverio Coelho y Samanta Schweblin demuestran que los apoyos valen la pena cuando los escritores cumplen con su tarea.”

Rafel Toriz estará acompañado por Marco Antúnez, Sergio R. Blanco y Juan Patricio Riveroll el viernes 5, a las 19:00 horas, hablándonos de su Serenata. Acompáñenos en el Centro Cultural Bella Época: Tamaulipas 202, esquina con Benjamín Hill, colonia Hipódromo Condesa, México, DF.





[1] En México, gracias al mecenazgo estatal, es posible ser un escritor de mediana edad –digamos de entre unos cuarenta y sesenta años— y vivir de la literatura sin haber conocido el éxito comercial o incluso sin lectores. Además, debido al desarrollo del país, la cantidad de gente y el funcionamiento más federalizado del país –en México también padecemos el centralismo pero no se compara con el argentino–  es posible dedicarse de lleno a su actividad creativa complementando su quincena como tallerista, profesor o conferenciante, lo que redunda en una profesionalización de la vida artística y una dignificación social que acá abajo, sencillamente, no existe.